cuento infantil El gato que no comía pescado

El gato que no comía pescado

¿De qué va este cuento infantil? De un gato que dejó de hacer las cosas que hacen los gatos debido a un accidente por el que pensó que iba a morir. Y de cómo nos transformamos en otra cosa cuando dejamos de hacer las cosas que nos gusta hacer por ese miedo. De todo esto trata este cuento que empieza así…

Esta historia que te voy a contar sucedió de verdad. Le ocurrió a mi primo, Ojospardos. Toda mi familia vivía en la misma aldea y nosotros, los gatos pequeños, siempre estábamos juntos, jugando, saltando y cazando.

Cada mañana quedábamos a las afueras de la aldea para ir al arroyo del bosque a pescar. Un día, Ojospardos vio un pez muuuuuy grande y se lanzó a por él.

Metió sus patas en el agua y con sus afiladas uñas…. ¡ZAS!, lo atrapó. Estaba tan orgulloso de su presa que se la zampó entera.

De repente, Ojospardos empezó a toser y toser y a ponerse rojo, cada vez más rojo… ¡morado! Todos nos asustamos, no sabíamos qué ocurría pero parecía que no podía respirar.

Ojospardos tosió bien fuerte y algo salió por su boca: era una espina del pescado que se había comido, una espina bien grande que se le había clavado en la garganta. Por poco se asfixia. ¡Qué mal rato pasamos!

Al día siguiente, en el bosque, Ojospardos comenzó a sentirse mal y se fue a casa. A partir de entonces, dejó de venir a jugar con los demás; incluso dejó de ir al río. Parecía que le daba miedo.

Cada vez que veía un pez, Ojospardos sentía como una especie de asco en el estómago así que, al cabo del tiempo, también dejó de comer pescado. Era extraño.

Una mañana de verano, al despertar, nuestro amigo se sintió raro. Miró sus patas delanteras y se dio cuenta de que su pelo había cambiado de aspecto: ya no era blanco y largo sino corto y gris. Y sus patas eran más pequeñas también.

Asustado, salió corriendo al río y, al inclinarse para ver su reflejo descubrió que se había convertido… ¡en un ratón!

— ¡Qué horror! -pensó Ojospardos- Soy un ratón en medio de una aldea de gatos. ¡Estoy perdido! ¿Qué voy a hacer ahora?

Y lo único que se le ocurrió fue salir corriendo y esconderse en el bosque.

Agazapado detrás de un árbol, empezó a llorar, y a llorar, y a llorar hasta que se quedó dormido.

Cuando despertó pensó que había tenido una pesadilla pero al mirarse las patas descubrió que… ¡no era un sueño!

–¿Por qué me habrá pasado esto? ¿Por qué me he convertido en un ratón? – se preguntó.

En su soledad, se dio cuenta que ya no le gustaba jugar con sus amigos los gatos ni comer pescado y recordó lo mal que lo pasó cuando se clavó la espina en su garganta. ¡Lo había olvidado! ¿Tendrá eso algo que ver?

Ojospardos se sentía muy triste. Cada noche, cuando todos dormían, se acercaba a la aldea sin hacer ruido; quería volver a casa pero aún era un ratón y podían comérselo.

Una mañana, Ojospardos se levantó pensando que si volvía a comer pescado tal vez se transformaría de nuevo en gato. Alegre con esta idea, se decidió a vencer su miedo. Se dirigió al río a pescar una trucha pero sus patas cortas le impedían meterse en el agua así que se las ingenió para fabricar una caña de pescar.

Tras varios intentos, por fin capturó su primera presa.

Al principio sólo pudo comer un poco. Le daba asco, aún era un ratón. Para no clavarse las espinas, Ojospardos desmenuzó el pescado en trozos pequeños antes de comérselo. Y no tuvo problemas.

Una tarde, al asomarse al río para elegir la presa, vio el reflejo de un gato. Asustado porque pudieran comérselo, salió corriendo a esconderse. Detrás de un árbol, observaba la zona pero no veía a nadie. Al volver a la orilla se llevó una gran sorpresa al reconocer que… ¡era él, que volvía a ser un gato!

Feliz y contento, Ojospardos se puso a dar saltos de alegría. Había recuperado su forma original. Y, además, ¡le encantaba el pescado! El gato superó su miedo gracias a su valentía, imaginación y constancia.

Ojospardos regresó enseguida a la aldea, donde todos lo esperaban deseosos de conocer qué le había pasado.

– Y ahora ¿qué les voy a contar? –Pensó- No sé si me creerán…

Y decidió contarles que se había ido de viaje y que había conocido a un gato muy particular al que le ocurrió algo increíble y extraordinario: se había convertido en ratón. Y compartió con ellos el truquito sobre cómo comer el pescado para no atragantarse con las espinas. Nunca jamás les dijo que ese gato era él, aunque probablemente más de uno lo imaginó.

 

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