Un verano rockero

Un verano rockero
18 mayo, 2015 Mercedes

Julián y Ana acaban de jubilarse hace unos meses. Casi que ni se lo creen, después de tantos años de trabajo y esfuerzo realizados para sacar a su familia adelante. Y lo han conseguido, como reflejan sus  caras de orgullo al ver a sus nietos correteando por el parque. Hoy, además, celebran su aniversario de bodas, 46 años llenos de historia, de risas y llantos, de preocupaciones y sorpresas, de momentos de angustia y de alegría; pero, sin duda, años felices, disfrutados con intensidad.

Sus hijas les han preparado un almuerzo familiar con tarta incluida y un álbum de fotos con la historia de la familia. Este trabajo les ha llevado tiempo pero ha merecido la pena, sobre todo porque han descubierto una faceta de los recién jubilados que no conocían. En un baúl de la abuela encontraron una caja que contenía fotografías de  Julián y Ana cuando eran jóvenes, de novios, y lo más sorprendente para ellas: algunas de la pareja en un grupo de rock. ¡Impresionante! La abuela les contó que cuando era jóvenes tocaban la guitarra en un grupo del barrio, pero que ya luego, cuando se casaron, lo dejaron para dedicarse a su familia. La abuela les contó que tocaban muy bien y que fue una decisión difícil para ellos. Así que, además de los previsibles regalos, las hijas de Julián y Ana tienen otra sorpresa para ellos: una guitarra eléctrica y un bajo.

Los ojos de Julián y Ana se salían de las órbitas al ver los inesperados regalos. Boquiabiertos y sin palabras, Julián acariciaba la guitarra sin poder disimular las lágrimas de emoción mientras que Ana ni siquiera pudo acercarse al bajo, se había quedado de piedra. Las hijas le explicaron que la abuela les había contado la historia del grupo de música y que ellas habían pensado que tal vez, ahora que tenían tiempo, podrían retomar ese sueño de juventud.

La cara de Ana adoptó una pose de ‘¿pero estáis locas, a nuestra edad?’ Sin embargo, Julián no pensaba lo mismo, de manera que, a la mañana siguiente, recogió el garaje y preparó un rincón para poder ensayar. Este regalo le había hecho recuperar al menos diez años de vitalidad. Cada tarde, Julián intentaba recordar los acordes de sus canciones favoritas al tiempo que animaba a su mujer para que lo acompañara. Inesperadamente, movida por un impulso de rebeldía adolescente, una tarde, Ana cogió su bajo y comenzó a tocar. Y sonaba más que bien.

Un sábado por la mañana apareció Ángel, el hijo pequeño de sus vecinos. Hacía días que los oía tocar y estaba deseoso de verlos. A él le encantaba la batería, pero su madre no quería que tocara en su casa, para no molestar a los vecinos, así que su práctica se reducía a las cuatro horas en la Escuela de Música. Pero él quería más. Así que, ni corto ni perezoso, le preguntó a Julián si podía ensayar con ellos.

— Vaya, un batería. ¿Qué dices, Ana, probamos a ver si se acopla al grupo?

— A ver si pasa la prueba –respondió entre risas.

Ángel salió disparado a su casa y en menos de diez minutos regresó con su batería, que su madre le tenía escondida en el trastero. ¡Por fin voy a poder tocar con un grupo de verdad!, pensó el chico. Y tocó y aquello cada vez sonaba mejor.

Al día siguiente, mientras ensayaban, apareció Luis, un joven de unos 30 años que venía acompañado por su perro, Tuto. Luis era ciego y le encantaba el rock. A pesar de su discapacidad, llevaba varios años aprendiendo a tocar el piano, otra de sus pasiones, porque, según dice él mismo, su problema estaba en sus ojos, no en sus manos. Y Luis también quería formar parte del grupo.

— ¿Por qué no?- dijeron Julián y Ana- Bienvenido al grupo.

— Por cierto, ¿cómo nos llamamos? –preguntó Luis.

— El Cuarteto de la Muerte –gritó Ángel emocionado.

Todos rieron a carcajadas ante la ocurrencia del chico. Y como les pareció divertido, así quedó.

Cada fin de semana el cuarteto se reunía después de comer y ensayaba su repertorio rockero. Lo cierto es que sonaban bastante bien. Algunos días incluso tenían público, que aplaudía impetuoso y emocionado. La familia es lo que tiene… ¡admiradores incondicionales! Una de esas tardes llegó al garaje la última incorporación, Candela, una cantante adolescente en busca de grupo que no había tenido mucha suerte hasta el momento. Su sordera, casi del 80%, era la principal causa. Sin embargo, Candela tenía una voz virtuosa, capaz de pasar del grave más grave al alarido más agudo que se pueda aguantar. Total que, como superó  la prueba y encandiló con su voz a todos, Candela pasó a ser la vocalista. Y el grupo pasó a denominarse El Quinteto de la Muerte.

Hacia el mes de mayo, en uno de los ensayos, un vecino que acudió a escuchar al grupo les sugirió hacer un concierto en la plaza del barrio. Luis, Candela y Ángel respondieron rápidamente con un siiiii. Sin embargo, Julián y Ana se miraron sorprendidos. La idea era emocionante, al menos para tres de ellos, pero eran necesarios los cinco. El matrimonio se comprometió a dar una respuesta lo antes posible.

— Nuestro tiempo de juego ya pasó –dijo Ana-. Ensayar en el garaje es divertido pero salir fuera es algo que tendríamos que haber hecho antes, cuando éramos jóvenes.

— ¿Acaso te arrepientes de lo que has hecho en tu vida? –respondió Julián- Mira atrás y recuerda qué vida has llevado. ¿Acaso no has vivido momentos felices? ¿No has hecho siempre lo que has querido? La  vida son elecciones. De todas las posibilidades que tenemos a nuestro alcance elegimos una cada vez. Y es tu decisión, entre todas las demás. Y todas han sido válidas. Mira nuestra familia, nuestros nietos. Mira también los momentos tristes y los problemas que hemos superado. ¿Acaso te arrepientes?

— Claro que no. Y creo que tienes razón. Creo que ahora es nuestro momento rockero. ¡Hagámoslo!

El concierto en la plaza del barrio fue todo un éxito. De hecho, tuvieron que repetir y rápidamente otras barriadas quisieron organizar conciertos para sus fiestas de verano. El Quinteto de la Muerte estaba pegando fuerte, tanto, que en unas semanas les habían ofrecido actuar en los pueblos de alrededor. Empujados por la emoción y la adrenalina que genera el escenario, el grupo alquiló una furgoneta y se pasó todo el verano de concierto en concierto por toda la provincia, incluida la capital, donde finalizaron su gira.

Ya en casa, Ana y Julián recordaban los mejores momentos de su rockera aventura: los aplausos de sus fieles seguidores, es decir, sus familiares; los abucheos de algunos adolescentes; la camiseta mojada que les tiró una señora cuando actuaron en el campo de fútbol; el apagón que se produjo en el escenario y que les impidió terminar el concierto. Pero, sin duda, lo mejor de todo había sido compartir ese verano con Ángel, Luis y Candela, unos chicos maravillosos y entregados. Sin ellos El Quinteto de la Muerte no habría tenido vida.

Después de unas semanas de descanso, Ángel, el batería, se presentó una tarde en casa de Julián y Ana. Llevaba unos papeles en la mano y los cachetes colorados. Había estado componiendo unas canciones que quería incorporar en el nuevo repertorio del grupo, para la gira del próximo verano.

— ¿Cómo? –clamó al unísono el matrimonio- ¿Una nueva gira?

— Pues claro, esto ha sido sólo el principio. Tenemos todo un año para prepararnos.

Julián y Ana se miraron y soltaron una gran carcajada. Este quinteto está más vivo que muerto, de eso no hay duda. Así que, ¿habrá gira el próximo verano?

Quiero este cuento en tela de fieltro

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