La tormenta Filomena

La tormenta Filomena
6 junio, 2018 Mercedes

El tercer día de la tercera semana de cada mes una nube gris oscura, casi negra, hace su aparición sobre el pueblo de Mahín, situado en la costa norte. Descarga con fuerza y sin compasión toda el agua que acumula en su interior. Los rayos y los truenos acaparan todo el escenario con su centelleante luz y su vigoroso rugido. Es Filomena, la tormenta más sanguinaria y temida de la región.

Filomena destruye todo lo que encuentra a su paso: los castillos en la arena que las dulces manos de los niños construyen al jugar; la boda de Cali y Botu, que con tanto esmero habían organizado en el parque del pueblo, junto a las palmeras; los tejados de las casas que, con resignado esfuerzo, los habitantes de Mahín reconstruyen una y otra vez.  Cada mes se produce el mismo espectáculo: los niños lloran desconsoladamente, las mujeres se descontrolan ante el caos y los hombres desesperan impotentes al no saber qué hacer.

Después de la última tormenta, los habitantes de Mahín se reunieron en asamblea. Querían encontrar una solución. Algunos apuntaron que era mejor abandonar el pueblo, buscar otro lugar alejado de Filomena; otros plantearon contratar a un científico para que ideara un artilugio que desviara la trayectoria de la nube; unos pocos prefirieron orar y aceptar con resignación este destino cruel. En medio del revuelo, una mujer se levantó y se subió encima de su silla. Llevaba algo en la mano, una bandeja con un trozo de queso. Al verla, la curiosidad hizo que imperara el silencio. Y la mujer comenzó a hablar:

— Esta bandeja con queso está siempre encima de la mesa de mi cocina. Si la dejo así, tal cual la veis, el queso no dura ni un solo día: los ratones acuden al sabroso olor y se lo comen todo. Por eso protejo mi queso con esta tapa, para que los ratones no se lleven lo que es mío. Es lo único que puedo hacer. No podemos desviar una nube ni evitar la tormenta, porque la Naturaleza sigue su curso y así debe ser. Podemos marcharnos a otro lugar, pero ¿qué pasa si la nube nos persigue o nos encontramos con otro problema allá donde nos establezcamos? ¿Volveremos a huir? Proteger nuestro territorio sí está en nuestras manos, pero tenemos que ser ingeniosos.

— ¿Y qué podemos hacer para protegernos? –alguien pregunta a la mujer.

— Había pensado que podríamos construir una gran carpa que cubra todo el pueblo y nos proteja de la ira de Filomena. Entre todos podremos conseguirlo, sólo se necesita voluntad y esfuerzo.

Animados ante la idea de solucionar el problema, la mayoría de los habitantes de Mahín decidió apostar por esta opción. Sin embargo, algunos prefirieron hacer sus maletas y marcharse a otro lugar. En menos de un mes, una gran cúpula transparente cubría el cielo de Mahín. Y llegó el tercer día de la tercera semana del siguiente mes. Expectantes, los vecinos esperaban en sus casas la llegada de Filomena que apareció a las 12 del mediodía precedida, como siempre, de sus atronadores leones de ojos chispeantes y terrorífico rugir. Y Filomena se descargó a su gusto. Pero esta vez no hubo masacre.

La euforia de la victoria del hombre sobre la Naturaleza invadió a estos pobladores, que decretaron una semana de fiesta. Habían logrado dominar la furia de Filomena y ahora se sentían a salvo bajo su cúpula. Y pasaron los meses y los meses, protegidos de la lluvia y la tormenta. Hasta que se dieron cuenta que un nuevo problema asolaba al pueblo: se habían quedado sin agua.

Ante el nuevo panorama, decidieron convocar otra asamblea. Muchos no acudieron, directamente hicieron las maletas y abandonaron sus casas. Y los que se quedaron no sabían qué hacer. La mujer del queso volvió a levantarse, esta vez, sin bandeja.

— La vida me ha regalado un don y es el poder comunicarme con las gaviotas. He observado que son capaces de acercarse a las nubes así que he pensado que tal vez podríamos hablar con Filomena a través de una de las gaviotas de la playa. Al menos podríamos saber por qué descarga con tanta ira sobre nosotros y negociar una solución.

Algunos soltaron una gran carcajada, otros mantuvieron su cara de perplejidad ante lo que habían oído y tan sólo unos cuantos aceptaron esta propuesta. Por muy rocambolesca que pareciera, no tenían nada que perder.

Y así lo hizo la mujer del queso, enviando a una de las gaviotas a hablar con Filomena.

— Allá abajo quieren saber por qué los castigas destrozando sus casas y sus campos –dijo la gaviota-. Quieren saber qué te pasa.

— No me pasa nada. ¿Acaso no te das cuenta? Soy una nube –respondió Filomena- y mi función es llevar el agua de un sitio a otro. El hombre, las plantas y  los animales la necesitan. Esa es mi misión y la cumplo a rajatabla. Ve y diles que son muy desconsiderados y desagradecidos y que si no fuera por mí tendrían que marcharse a otro lugar porque sin agua no es posible la vida.

Y así lo hizo la gaviota. Regresó y transmitió, palabra por palabra, lo que le había dicho la nube. La mujer del queso dio una serie de indicaciones a la gaviota y le pidió que volviera a hablar con Filomena.

— Allá abajo se sienten muy agradecidos por el agua que les llevas, porque haces posible que la vida siga. Sin embargo, es la forma en la que descargas lo que les preocupa. ¿Qué te pasa, por qué lo haces con tanta fuerza? ¿Acaso estás enfadada? ¿No te gusta tu trabajo?

— Verás, realizo un largo camino hasta las montañas para recoger gran cantidad de agua y llevarla a donde la necesitan. El camino es largo así que lleno bien mi mochila para llevar lo máximo posible. Pero la carga es pesada, mucho, así que cuando estoy a punto de llegar me pongo nerviosa y me acelero, porque casi no me quedan fuerzas, y suelto… No sabes el alivio tan grande que siento, gaviota.

— Sin embargo tu alivio no ayuda a las personas, las plantas y los animales porque descargas con tanta fuerza que el agua destruye todo lo que encuentra. ¿Para qué sirve, entonces, tanto sacrificio y esfuerzo por tu parte?

— ¿Eso es cierto, gaviota? Yo no pretendo hacer daño a nadie.

— No es necesario que lleves toda la carga tú sola, Filomena, hay más nubes que tienen la misma función que tú. Eres fuerte, grande y tienes buena intención pero  ocasionas dolor allá abajo.

— ¿Y qué puedo hacer?

— Tal vez podrías aprender a descargar poco a poco, durante el trayecto que realizas, así repartirás tu agua y aliviarás a más gente al tiempo que no tendrías que soportar una carga tan pesada durante tanto tiempo. Suelta con dulzura tu agua y los hombres la recibirán como un baño placentero. La suavidad y la delicadeza no están reñidas con la fuerza.

Filomena reflexionó sobre lo que la gaviota le había dicho. Y aceptó hacer las cosas de otra manera, porque ella quería ayudar a los demás, no destruir. La gaviota transmitió el mensaje a la mujer del queso, que contó lo ocurrido a sus vecinos. Entre todos decidieron dar otra oportunidad a Filomena. Durante unos meses mantuvieron la cúpula. Aprender a descargar poco a poco no es fácil y requiere tiempo. Hasta que llegó el día en el que la tormenta dejó de ser feroz para convertirse en una suave lluvia que llenó de vida toda la región. No sólo Filomena cambió sus hábitos, los habitantes de Mahín también hicieron su parte construyendo techos y casas más sólidas, canales para aliviar el exceso de agua y centros infantiles para que los niños pudieran jugar en días de lluvia.

Filomena sigue apareciendo el tercer día de la tercera semana de cada mes. Cumple su función, como debe ser, pero ya no es tan negra ni tan temida como antes. Ahora es respetada y querida porque todos saben que sin ella la vida no sería posible.

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