El gato que no comía pescado

El gato que no comía pescado
10 junio, 2017 Mercedes

Esta historia que te voy a contar sucedió de verdad, le ocurrió a mi primo, Ojospardos. Toda mi familia vivía en la misma aldea y nosotros, los gatos pequeños, siempre estábamos juntos, jugando, saltando y cazando. Cada mañana quedábamos a las afueras de la aldea para ir al arroyo del bosque a pescar. Un día, Ojospardos vio un pez muy grande y se lanzó a por él. Con sus garras afiladas lo cogió y estaba tan orgulloso de su presa que se la zampó entera. De repente, Ojospardos empezó a toser y toser y a ponerse rojo, cada vez más rojo… ¡morado! Todos nos asustamos, no sabíamos qué ocurría pero parecía que no podía respirar. Una de las veces que Ojospardos tosió fuerte algo salió por su boca: era una espina del pescado que se había comido, una espina bien grande que se le había clavado en la garganta. Por poco se asfixia. ¡Qué mal rato pasamos!

Al día siguiente, en el bosque, Ojospardos comenzó a sentirse mal y se fue a casa. A partir de entonces, dejó de venir a jugar con los demás; incluso dejó de ir al río. Parecía que le daba miedo. Cada vez que veía un pez, Ojospardos sentía como una especie de asco en el estómago así que, al cabo del tiempo, también dejó de comer pescado. Era extraño.

Una mañana de verano, al despertar, Ojospardos se sintió raro. Miró sus patas delanteras y se dio cuenta de que su pelo había cambiado de aspecto: ya no era blanco y largo sino corto y gris. Y sus patas eran más cortas también. Asustado, salió corriendo al río y, al inclinarse para ver su reflejo descubrió que se había convertido… ¡en un ratón!

— ¡Qué horror! -pensó Ojospardos-, soy un ratón en medio de una aldea de gatos. ¡Estoy perdido! ¿Qué voy a hacer ahora?

Y lo único que se le ocurrió fue salir corriendo y esconderse en el bosque. Pero antes, dejó una nota diciendo que se iba de viaje a conocer mundo. No quería desaparecer sin más. Agazapado detrás de un árbol, empezó a llorar, y a llorar, y a llorar hasta que se quedó dormido. Cuando despertó pensó que había tenido una pesadilla pero al mirarse las patas descubrió que… ¡no era un sueño!

–¿Por qué me habrá pasado esto? ¿Por qué me he convertido en un ratón? – se preguntó.

En su soledad, Ojospardos pensaba y meditaba acerca de lo que le había ocurrido. Se preguntaba por qué no le gustaba jugar ya con sus amigos los gatos ni comer pescado y recordó lo mal que lo pasó cuando se clavó la espina en su garganta. ¡Lo había olvidado! ¿Tendrá eso algo que ver? Ojospardos se sentía muy triste. Cada noche, cuando todos dormían, se acercaba a la aldea; quería volver a su casa pero no podía, aún era un ratón y podían comérselo.

Una mañana, Ojospardos se levantó pensando que si volvía a comer pescado tal vez se transformaría de nuevo en gato. Decidido a poner fin a ese miedo, se fue al río a pescar una trucha pero sus patas cortas le impedían meterse en el agua así que se las ingenió para fabricarse una caña de pescar. Tras varios intentos, por fin capturó su primera presa.

Al principio sólo pudo comer un poco. Le daba asco, aún era un ratón. Para no clavarse las espinas, Ojospardos desmenuzó el pescado en trozos pequeños antes de comérselo. Y no tuvo problemas. Cada día se afilaba sus uñas de ratón y se dirigía al río con su caña de pescar. Y luego se comía su presa tan ricamente. Hasta que una tarde, al asomarse a la orilla, Ojospardos se llevó un gran susto al ver el reflejo de un gato. Salió corriendo a esconderse para poder observar. Pero no veía a nadie,… ¡qué extraño! Así que volvió de nuevo al río y al asomarse de nuevo se dio cuenta de que… ¡era él, que volvía a ser de nuevo un gato!

Feliz y contento, Ojospardos se puso a dar saltos de alegría. Había recuperado su forma original. Y, además, le encantaba el pescado. El gato pudo superar su miedo gracias al esfuerzo y la constancia. Y también al truquito que aprendió de comerse el pescado en trocitos pequeños. Ojospardos regresó enseguida a aldea, donde todos lo esperaban deseosos de conocer sus aventuras.

– Y ahora ¿qué les voy a contar? –Pensó- No sé si me creerán…

Así que decidió contarles la historia de un gato que había conocido en su viaje el cual se convirtió en ratón debido a que dejó de comer pescado. Y compartió con ellos el truquito sobre cómo comerlo para no atragantarse con las espinas. Nunca jamás les dijo que ese gato era él, aunque probablemente más de uno lo imaginó.

Quiero este cuento en tela de fieltro

0 Comentarios

Dejar una respuesta

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *

*

Uso de cookies

Este sitio web utiliza cookies para que usted tenga la mejor experiencia de usuario. Si continúa navegando está dando su consentimiento para la aceptación de las mencionadas cookies y la aceptación de nuestra política de cookies, pinche el enlace para mayor información.plugin cookies

ACEPTAR
Aviso de cookies