Pepón y el camino de 7 colores

Pepón y el camino de 7 colores
26 agosto, 2016 Mercedes

Pepón vive dentro de una maceta llena de margaritas de colores. No es un gusanito cualquiera, es un tanto especial: su piel es rosa y, además, tiene unos gustos muy particulares. No come lo mismo que los demás; su comida preferida son las raíces de las margaritas y los rayos del sol.

Cada mañana Pepón se despereza y sale de su cama dispuesto a saludar al Sol. Busca el lugar más elevado de la maceta y mira fijamente al horizonte, esperando que el primer rayo asome. El gusanito rosa mantiene su mirada y va siguiendo su trayectoria, observando cómo los rayos cada vez ocupan más y más espacio, iluminando todo lo que encuentran a su alrededor. Después de un ratito, Pepón cierra sus ojos y deja que toda esa luz recorra su pequeño cuerpecito por dentro y lo alimente. Mmmm… se siente tan bien, con fuerza y energía para pasar todo el día.

Después de este luminoso desayuno, Pepón busca alguna raíz de su flor preferida, la margarita, y se toma un segundo desayuno. ¡Mmmm, qué rico también!

Durante el día Pepón hace sus tareas: arregla su cama, se lava los dientes, juega con sus amigos, a veces va de compras, descansa un ratito a mediodía o va a visitar a sus parientes. Ya por la tarde,  justo antes de que caiga la noche, Pepón vuelve a ese lugar más elevado de la maceta para aprovechar los últimos rayos del sol y despedirse hasta el día siguiente. El gusanito rosa fija su mirada en el horizonte y deja que la luz penetre a través de sus ojos, iluminando todo su cuerpecito. ¡Mmmm… qué calentito va a dormir!

Una mañana Pepón se levantó dispuesto a tomar su ración de sol cuando descubrió que… ¡oooohh, no había sol! El cielo estaba cubierto de nubes grises y algunas negras, muy, muy negras. ¡Qué voy a hacer ahora!, se lamentó el gusanito rosa. De repente comenzó a llover, tan fuerte que tuvo que refugiarse debajo de una hoja. Pepón se sintió tan triste y desesperado que comenzó a llorar y llorar. Una de las margaritas que vivía en la maceta se acercó y le preguntó qué le ocurría.

— ¿Acaso no te das cuenta? ¡No hay Sol! –exclamó Pepón-

— ¿Cómo que no hay Sol? –dijo la margarita.

— Las nubes lo tapan y yo lo necesito, necesito sus rayos para vivir, son mi alimento. Igual que el tuyo, margarita –contestó Pepón entre lágrimas.

— Es cierto que yo necesito al Sol para vivir, igual que la Tierra. Pero, ¿sabes una cosa, gusanito? –dijo la margarita.

— ¿Qué cosa? –preguntó Pepón.

–¿No te das cuenta de que, a pesar de las nubes grises que cubren el cielo, todo está iluminado? ¿Acaso no puedes verme a mí? ¿Puedes ver la maceta? ¿Y a aquél pájaro que revolotea por aquel árbol?

— Si, sí que puedo verlo todo –respondió el gusanito rosa.

— No necesitas ver el Sol para alimentarte de su luz. Aunque las nubes cubran el cielo, el Sol siempre está detrás de ellas. No podemos verlo pero sí sentir su luz. Si el Sol no estuviera, todo estaría oscuro, como cuando se hace de noche.

Pepón miró a su alrededor y descubrió que era cierto lo que decía la margarita. Todo estaba iluminado.

— Es verdad margarita- dijo Pepón, con cara de alegría-. ¿Y cómo puedo tomar sus rayos de sol? ¿Cómo lo haces tú?

— Pues como siempre, Pepón, como siempre – contestó la margarita-. Fija tu mirada hacia el lugar por el que sale el sol y sus rayos te iluminarán. Tal vez no los sientas tan calentitos pero su luz penetrará en tu cuerpecito como cada mañana. Y por la tarde, haz lo mismo.

— Muchas gracias margarita, me siento mucho mejor –dijo el gusanito.

Ese día estuvo lloviendo durante toda la mañana. Por la tarde las nubes grises se fueron espaciando por el cielo y algunos rayos de sol se atrevieron a cruzarlas, a pesar de la lluvia que aún caía. Pepón se sintió más animado y buscó su lugar favorito en la maceta para contemplar la luz. De pronto, sus ojos se abrieron de par en par, asombrado, al ver que un arco inmenso de colores adornaba el cielo con su luz.

— Ooooh! ¿Qué es eso?

— Es el arcoíris, Pepón – dijo la margarita-. Se asoma de vez en cuando para iluminar con sus colores el cielo pero sólo se ve cuando la lluvia y el Sol aparecen juntos.

— ¿Cómo es eso, margarita? –preguntó Pepón.

— Pues lo que oyes: que sólo podemos verlo en el cielo los días en los que llueve y hace sol al mismo tiempo.

— Mmmm… Me gusta el arcoíris. Él también necesita los rayos de sol como nosotros.

Pepón saltó de la maceta y se alejó en dirección al horizonte. La margarita, asombrada, le preguntó dónde iba y el gusanito respondió alegre: “voy a subir por el arcoíris para poder tocar el sol. Es mucho más alto que la maceta”. Al cabo de un ratito, Pepón comenzó a subir por un extremo del camino de siete colores. A medida que subía se sentía mejor, fortalecido, lleno de vida. Cuando llegó justo al centro del arcoíris, el punto más elevado, alzó sus patitas para intentar tocar el sol pero no pudo. Un pájaro que lo estaba observando le preguntó qué estaba haciendo.

— Quiero llegar hasta el sol para tocarlo y coger algunos rayos. Su luz es mi comida favorita.

— Al sol no se llega de esta manera –respondió el pajarito-. No podrás alcanzarlo con tus manos, por mucho que te acerques. ¿Sabes una cosa, gusanito? Todos tenemos un Sol en nuestro interior, que nos ilumina y nos llena de vida. Si quieres encontrar tu verdadero Sol tienes que buscar en tu interior. Allí está tu verdadero alimento.

Pepón se quedó pensativo al oír las palabras del pajarito y, viendo que no podía conseguir su propósito, se dispuso a bajar por el arcoíris para volver a su maceta. Cuando llegó se sintió muy cansado y sólo quería dormir. El gusanito se fabricó un cascabullo de seda, suave y blandito, y se metió dentro, dispuesto a descansar profundamente. Y pasaron un día, dos, tres; una semana, dos, tres y el gusanito seguía durmiendo. Pepón soñaba con las palabras que había oído del pajarito y las repetía en su sueño: busca tu Sol interior, busca tu Sol interior, ese es tu verdadero alimento.

Una mañana, un rayo de sol consiguió meterse por un pequeño agujerito del cascabullo y éste comenzó a abrirse. De su interior emergieron dos preciosas alas de color verde con lunares rosa que se desperezaron al sol; tras ellas, una cabecita con dos antenas asomó al exterior, mirándolo todo con curiosidad. La margarita, que contemplaba perpleja lo que sucedía, preguntó:

— ¿Tú quién eres?

— Soy yo, Pepón.

— ¿Pepón? Pero si eres una mariposa… ¿qué te ha sucedido? –dijo la margarita.

— Pues no sé exactamente. Necesitaba descansar y buscar algo. ¿Sabes una cosa, margarita? He encontrado mi Sol interior.

— ¿Tu Sol interior? ¿Qué es eso Pepón? –preguntó la margarita.

— Te lo explicaré en otro momento. Ahora necesito volar un ratito.

Pepón se había transformado en una hermosa mariposa dispuesta a conocer el mundo. La margarita se quedó boquiabierta al ver cómo Pepón desplegaba sus alas y revoloteaba alrededor de la maceta. Un halo de luz envolvía a la mariposa, como si fuese una bombilla iluminando todo a su alrededor. Era un espectáculo maravilloso.

La mariposa sonrió a la margarita y se despidió de ella. Había llegado el momento de abandonar la maceta y conocer otros lugares. Además, ahora ya no le gustaban las raíces sino que había descubierto la dulzura del néctar de las flores y quería probar nuevos sabores. Pepón había encontrado su Sol interior, que brillaba dentro de su corazón, y se sentía feliz y contento porque sabía que el Sol siempre estaría allí donde él fuese.

0 Comentarios

Dejar una respuesta

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *

*

Uso de cookies

Este sitio web utiliza cookies para que usted tenga la mejor experiencia de usuario. Si continúa navegando está dando su consentimiento para la aceptación de las mencionadas cookies y la aceptación de nuestra política de cookies, pinche el enlace para mayor información.plugin cookies

ACEPTAR
Aviso de cookies